jueves, 7 de octubre de 2010

Luz de luna

Sus rodillas. No podía dejar de mirar sus rodillas. La luz de la luna jugaba con su falda mientras conducía. Su falda blanca favorita y una camiseta negra de tirantes. No le hacía falta más para estar preciosa. Olía a canela y a vainilla, y a restos de incienso quemado aquella tarde. Y su piel... Su piel parecía tan suave como el algodón sobre una herida. La oía hablar, pero era imposible escucharla.


Llegamos. Desde allí se podía ver toda la ciudad iluminada. Y todo el cielo. Y árboles, y caminos, y oscuridad... pero ni un alma en al menos un kilómetro a la redonda. Nos recostamos sobre el capó y dejamos que el frío erizara nuestra piel mientras nuestras miradas y sueños se perdían entre las estrellas.


"Ya es la hora", fue lo único que dijo. Se levantó, se quitó los zapatos, se alejó cinco pasos, y se quedó de espaldas. Se quitó la camiseta, despacio, disfrutando de mis ganas, y la tiró al suelo con la misma gracia con la que cae la primera hoja del otoño. ¡Bienvenido a la estación de los colores! Su falda siguió el mismo camino que su camiseta negra, cayendo despacio a sus pies. Sacó los pies de ella y avanzó dos pasos hacia mí, de frente. Su olor volvió a rodearme. Su calor, en contraste con el frío de la noche. Y su piel. Su piel que no me dejaba ver más allá. Su piel que brillaba a la luz de la luna llena. Su piel que me llamaba a gritos silenciosos. Su piel suave, su piel morena. Su piel que necesitaba sentirse libre.


Se quitó la ropa interior avanzando otros dos pasos hacia mí. Ahora podía oírla respirar, podía ver la sonrisa de la luna reflejada en sus ojos negros como el cielo. Podía ver su piel completamente erizada por el frío nocturno. Podría tocarla con sólo estirar un brazo, pero no lo hice. Podría haberla amado allí mismo, pero no lo hice. Podría haber dejado de mirarla... No, no pude.


Y entonces empezó. Empezó a vestirse con las manos, con hilo de deseo y tela de caricias, con ganas, como si no hubiera mañana. Su respiración se agitó, y su mirada se hizo más fuerte. Ella, que siempre se escondió detrás de una máscara de sonrisas que no dejaban ver más allá, se desnudó en cuerpo y alma para mí. Se perdió en sus rincones mientras yo acompasaba mis latidos con sus movimientos, mi respiración con sus jadeos, mi placer con el suyo. Mientras mi estómago daba vueltas y más vueltas, mientras sentía cómo mi mundo cambiaba con cada aliento que le regalábamos a la noche, mientras me emborrachaba de su olor y de su vida, de su intimidad, de su persona. Hasta que un gemido desgarró el silencio de la noche y en su cuerpo estalló la primavera, quemó el verano, y heló el invierno en el otoño más cálido de mi vida.


Abrió los ojos y me miró, acabando con mis defensas. Algo se rompió dentro de mí, y ella lo vio. Se acercó, dejó sus labios a medio centímetro de los míos, y se quedó ahí, quieta, con los ojos cerrados, esperando dejar de notar mi aliento en sus labios para notarlo en su boca. No lo hice, no pude hacerlo. Así que bajé la cabeza, derrotado, rozando sin querer su cuello con mi nariz y sintiendo su estremecimiento. Ella notó mi retirada, así que puso sus manos en mis mejillas y rozó su nariz con la mía, despacio, con más cariño que nunca. Un beso esquimal en una noche de frío glacial derretido. Bajó sus manos por mi cuello, mis hombros, mis brazos, y mi mente se bloqueó. Fui incapaz de moverme. Tomó mis manos entre las suyas y me miró a los ojos. Esta vez fui yo quien no aguantó. La solté, y noté que algo se había roto dentro de ella esta vez. Dos corazones rotos en una sola noche. Quizá sea un precio demasiado caro a pagar por un poco de calor.


domingo, 3 de octubre de 2010

Sentir.

Un beso fronterizo. Todo empieza con un beso fronterizo que no se espera. Justo antes de pasar el día juntos. Un día de escalofríos, confidencias, sonrisas torcidas, y risas insanas. Y también una caricia a medias, una mano despreocupada sobre una rodilla y un corazón arrítmico. Elena se pasó el día dando rodeos y más rodeos, intentando evitar la manzana. Una manzana que no deja de bailar al ritmo que le marca el aire.

Pero Diego rompió el protocolo de sólo amistad rozando la comisura de Elena también al despedirse. Ella se apartó, y con sus enormes ojos dorados por fin le preguntaron qué pasaba.
Él sonrió. Aunque tardía, se alegraba de su reacción. Y le pidió un favor. "¿Confías en mí?", le preguntó. Y al oír la contestación de ella, le pidió que cerrara los ojos.

Elena, con su gesto tan típico, frunció sólo una ceja y entornó sólo un ojo, sospechando, pensando, no queriendo creer lo que estaba pasando. Pero accedió. Sintió cómo Diego se acercaba, poco a poco, despacio, muy despacio, dejando que ella notara su respiración fuerte a medida que se iba acercando. Le puso el dedo índice sobre los labios, mientras le daba un pequeño mordisco en el cuello, cerca (muy cerca, demasiado cerca) de su oreja izquierda, y le susurraba un "buenas noches" con esa voz ronca que tanto le gustaba.

Notó cómo un gemido iba abriéndose paso por su garganta, ardiente, gutural, intenso. Un gemido de esos que son como suspiros que se han quedado dentro y, tarde o temprano, acaban por salir. Y le buscó los labios a ciegas. Le besó como si no hubiera mañana, mientras su cadera se acercaba a la de él, y sus brazos buscaban como desesperados el final de su espalda. Sintió la mano derecha de Diego abriéndose paso entre su cazadora, mientras la izquierda rebuscaba por su bolsillo las llaves del portal.

Subieron las escaleras de tres en tres agarrados de la mano, y entraron a casa esparciendo bolso, cazadora, llaves, zapatos y camisetas por el suelo. Diego fue empujando a Elena hasta su habitación mientras ella se peleaba con su cinturón.

Ya desnudos, sobre la cama, Elena encima de Diego, a horcajadas, pero aún manteniendo las distancias, ella posó la mano sobre el pecho de él, intentando pararse un momento a pensar qué estaban haciendo. Pero él ya lo tenía más que claro, y le agarró los muslos mientras bañaba su mirada por su cuerpo para acercarla aún más a él.

Lento, un baile lento al principio, mientras los ojos de los dos caminaban por cada poro de la piel del otro, seguidos por lenguas y labios y manos y dedos. Diego hizo girar a Elena sin despegar sus caderas, y Elena se dejó hacer y llevar, se dejó manejar como quiso él, que le agarró las muñecas posándoselas debajo de la almohada, mientras su lengua se iba perdiendo por los pensamientos (o por la ausencia de ellos) de Elena. Y se quedó así, reclinado sobre ella, aumentando el ritmo mientras los dos, con los ojos cerrados, se sentían el uno al otro.

Ella volvió a girar, se revolvió, arañó, mordió y gimió con desesperación y su espalda se curvó involuntariamente a la vez que él se reclinaba y fundía su saliva sobre su pecho. Ella cerró los puños atrapando los hombros de Diego, abrazándole, acercándole más aún a ella, sintiéndole más dentro, más fuerte, más vivo. Y entonces...

... el Big Bang. Una explosión. Tormenta, rayos, truenos, lluvia enfurecida, fuego, volcanes, erupciones. Placer, mucho placer y un poco de dolor. Gemidos y gritos, jadeos, respiraciones entrecortadas con los ojos cerrados. El orgasmo.

Pero cuando Elena abrió los ojos ya no estaba en la cama de Diego, desnuda, sudada y rezumante de amor. Aún estaba en el portal, y con el dedo índice de Diego sobre sus labios, y escuchando su respiración al lado de su oreja.



A veces el calor de otra persona se siente sin llegar a tocar. Sólo hay que cerrar los ojos y sentir.

lunes, 28 de junio de 2010

Macedonia

La había visto de espaldas. Llevaba el pelo recogido en una especie de coleta enmarañada.

Recuerdo que, cuando intentó quitársela, el olor de su champú y sus risas por los enredos en su pelo inundaron toda la habitación.

Cogí su cara entre mis manos y la besé. Sabía a fresa, olía a coco, y su piel era de melocotón. Perfecta macedonia para cenar.

Imposible olvidar la mañana siguiente. Cuando desperté, ella ya no estaba a mi lado. "Se habrá ido", pensé. Bajé desnudo a la cocina, y allí estaba ella preparando el desayuno para dos que y siempre había querido ver sobre mi encimera. Desnuda, sólo sus braguitas y mi camisa, como en una película. Es increíble, nuestra ropa les queda mejor que a nosotros.

Se giró, me había dejado unos minutos para que la observara en silencio, como si supiera lo que estaba pensando. A lo mejor lo sabía. Se giró y me lanzó una sonrisa torcida, y me dijo un buenos días cargado de deseo.

Desayunar; ¿a quién le importaba desayunar? Había manjares mejores en aquella habitación.



martes, 18 de agosto de 2009

Paula y Jorge


Paula y Jorge se conocieron una tarde de agosto en la que había más nubes que estrellas en el cielo. Paula estaba tumbada en el suelo, buscando formas a las nubes, y llamó al chico aquel que llevaba tanto rato leyendo en el banco más cercano. Le preguntó qué veía él en aquella nube que estaba al lado del unicornio, y él, mientras se tumbaba a su lado, le contestó que era imposible ver otra cosa que una amalgama de agua y polvo. Le contó que él prefería buscar formas a las estrellas, que siempre mantenían la misma postura y no dependían de la gente como él que, todos los días al levantarse, soplaban y soplaban y seguían soplando hasta que se deshacían de cada molécula en estado gaseoso que hubiera presente en su cuerpo, intentando apagar el sol que tanto odiaban con el efecto mariposa. Y así fue como Paula decidió que quería conocer a aquel chico al que le gustaba tanto la noche que quería apagar el sol. 


Sí, Paula y Jorge son amigos. Son de esa clase de amigos que creen que el otro nunca jamás pensaría en él de una manera sexual. Todo el que les conoce rumorea que no es cierto, que su relación encubre una infidelidad de él, que vive cómodamente en un piso del centro con su novia Tamara. Pero Tamara confía en Jorge. Tamara confía en Jorge incluso más que en ella misma, por eso nunca protesta cuando él va a ver a Paula y se queda a dormir allí. 


Paula y Jorge nunca han sido novios. Son de esa clase de amigos que se quieren como dos mejores amigos, pero que sienten que el intento de algo más sería un enorme fracaso, y prefieren conservar la amistad al sabor amargo de la ruptura. 


Siempre es Jorge quien va a ver a Paula, y no al revés. Tamara entiende su relación, la admite y la permite, la soporta, pero es más feliz sin la tentación de espiarles, sin la tentación de ceder a la desconfianza. Siempre que Jorge va a ver a Paula, alquila una película, que siempre supera a la anterior, y les da un tema de discusión para el par de días que pasan juntos. Jorge se pasa días escogiendo la película que llevará esa vez. Días o incluso semanas, porque no quiere defraudar a Paula, porque sabe que es exigente, porque la conoce casi tanto como la quiere. Y a Paula nunca le decepcionan las películas de Jorge. 


Pero Paula no consigue recordar el título de la película de este fin de semana. Lleva demasiados días haciendo girar lo que hay dentro de su cabeza y no es capaz de concentrarse. Es consciente de que su cuerpo está en el sofá de siempre, con la postura de siempre, con la cabeza sobre el apoyabrazos derecho del sofá sobre el que siempre la apoya, y con los gemelos sobre las piernas de Jorge; con la ropa de siempre, su camiseta gris con letras gris oscuro desteñidas, antes negras, que la llaman "love lover", y sus bragas grises, del mismo gris que su camiseta gris, y con la sonrisa tonta para Jorge de siempre. Paula es consciente de que físicamente está allí, en el sofá de siempre, viendo una película buena, como siempre. Físicamente está allí, pero mentalmente está muy lejos, tan lejos como el futuro que intenta imaginarse. 


Paula piensa en Jorge. Piensa en cuándo llegará el día en el que ella encuentre su Tamara, su media naranja, su pareja comprensiva que no intente privarla de ver a Jorge y de estar con él, de acariciarle y abrazarle cuando a ella le apetezca, igual que con cualquier otra amiga. Y entonces Jorge la mira. Mira a Paula y ve una Paula de aire ausente, totalmente entregada a sus pensamientos, y, sin pensárselo dos veces, coge el mando de la televisión y despide la película por primera vez en tantos años que llevaban de amistad. 


Paula tarda un rato, demasiado rato, en darse cuenta de lo que ha hecho Jorge. Y ahora le mira intentando entender por qué él ha bajado de la línea invisible que rodea a Paula a la altura del ombligo, por qué se ha entretenido acariciándola la línea no tan invisible que separa la piel morena, tostada por el sol, de la piel pálida y cubierta de vello que Paula nunca ha dejado ver ni tocar a Jorge, por qué la ha acariciado con esa sonrisa que nunca ha visto en la cara de Jorge, pero sí en otras muchas caras de otros muchos hombres que siempre, sin excepción, han acabado desnudos sobre la cama de Paula, sólo vestidos con sudor y líquidos. 


Y justo cuando Paula entiende que acabará pasando lo inevitable, lo que han estado retrasando demasiado, Jorge enlaza sus manos sobre su regazo en un patético intento de autocontrol, como intentando hacer ver que se ha dado cuenta de que no está bien lo que hace y que lo siente. Y es cuando Paula sonríe y empieza a desearle, y alza su mano izquierda que llama a gritos mudos a la de Jorge, mientras aprieta la derecha contra la funda del sofá, queriendo expulsar así lo que Paula no es capaz de controlar de otra manera. 


Paula posa la mano de Jorge sobre su rodilla, y le dice con una mirada mucho más sumisa de las que Jorge se ha acostumbrado a interpretar que tiene permiso. Que tiene más permiso que ningún otro hombre de los que han tenido permiso antes. Su mano asciende por el muslo de Paula buscando la cima que coronará hoy, buscando ese monte con corazón propio, con un corazón propio que late con furia, fuerza y ganas, que late de pura excitación. Serpentea por la cara interior del muslo como intentando enredarse con el corto vello que Paula no se ha molestado en volver a rasurar, y Jorge sabe que Paula no se ha puesto guapa para él, que no se ha preparado, que no interpreta ningún guión previamente estudiado. Que esta Paula es más Paula que nunca, que es toda ella de él, con todos sus defectos y virtudes. 


Paula sabe que eso no está bien. Piensa en Tamara, y en su futuro Tamara, ese que ya no confiará en la amistad entre Paula y Jorge, porque una noche detuvieron la película buena que tanto tardó Jorge en escoger, y tuvieron un sexo del bueno que poco tardó Jorgue en aprender a soñar. Y justo cuando el no está a punto de salir de los siempre preciosos y ahora tan rojos labios de Paula, Jorge encuentra el claro del bosque, encuentra la cueva que esconde el tesoro de Paula, ese tesoro que tanto se habían esforzado en esconder. Y la boca de Paula muta el no en un gemido traducible a un , y Jorge se siente más que nunca como un volcán a punto de entrar en erupción. 


Jorge explora el mundo interno de Paula, esa parte de Paula con la que nunca había soñado toparse, mientras ella le arranca a gemidos toda la ropa que aún lleva él. Y entonces Paula se encuentra mirándose a sí misma desde el techo del salón, y se ve en una postura en la que no ha estado nunca con Jorge, con su cabeza apoyada sobre el pelo de Jorge como nunca lo ha estado, con sus piernas rodeando la cintura de Jorge como nunca la han rodeado, con su corazón latiendo al ritmo acelerado que le marca Jorge, un ritmo que Jorge nunca le había marcado. 


Paula se oye gemir de placer y gritar de puras ganas, y llora por dentro odiándose por no haber podido mantenerse alejada de un pecado parecido al de Eva, por no haber podido mantenerse alejada de la tentación que tanto tiempo ha estado a su lado, por haber cedido al deseo. Jorge interpreta los gritos como insistentes y no como desesperados. Jorge, el Jorge que tan bien conoce a Paula, el Jorge que ahora confunde señales, quiere acercarse aún más a Paula. Quiere sentirse más dentro, quiere ser más uno y menos dos, quiere dejar de ser un nosotros para ser un alma única, para ser un alma única de otra manera inalcanzable. Pero la alcanza, claro que la alcanza. Alcanza el zénit del placer a la vez que oye el gemido de Paula. No un gemido, sino el gemido. Ese gemido que es más agudo que los demás, más rasgado, más ardiente en la garganta, más ronco, más vivo, más duro que ningún otro. Ese gemido que encubre que con Jorge ha conocido más placer que con ningún otro, porque Jorge no sólo ha tratado su cuerpo con más cariño incluso del que le ofrece ella, sino que también ha tocado su alma. La ha acariciado, ha sentido el ardor de dos almas fundiéndose en una, en una sola alma que le recorría las entrañas, y que hacía que este fin de semana fuera el fin de semana, ese que no es (ni sería jamás) igual a otro, el irrepetible, el primer fin de semana que Jorge y Paula escribieron amor con leches saladas y dulces y amargas sobre las sábanas de Paula. 


lunes, 10 de agosto de 2009

Otro amor de verano [Lucía Etxebarría]

Te la encontraste hace diez semanas en la misma playa de aquel verano. Ella llevaba un bikini rojo. Te acercaste a saludarla. Te sorprendió aquella mirada de odio que delataba a gritos su pasión, su indignación de esposa ultrajada. Pasó de largo, los dientes apretados, las pupilas dilatadas y fijas.

Tú tenías 16 años; ella, 10. Ella, pensabas tú, era la depositaria de un afecto inocente y puro que tú entregabas con la fe que es natural a todo gran amor. El sexo era otra cosa. Eran revistas con mujeres de un rubio imposible, no su dorado cálido y trigal, sino de un tono metálico y agresivo; mujeres que exhibían unos globos hinchados y turgentes allí donde ella sólo tenía unos pezones pequeños sobre un torso perfectamente plano; mujeres con unas nalgas casi esféricas que nada tenían que ver con los hoyos perfectos de su cadera de virgen; mujeres de revistas tan manoseadas y pegajosas como los órganos de quienes las hojeaban, mujeres imposibles que pasaban de mano en mano entre los chicos de tu clase.
¿Cómo pudiste ser tan ignorante, tan insensible, tan ciego, tan increíblemente despreocupado? Pero sin esa ignorancia, sin esa despreocupación, ¿cómo habrías podido avanzar o, incluso, sobrevivir? Tuviste que concentrarte en seguir hacia delante. Como un funámbulo que avanza sobre la cuerda floja, no podías permitirte mirar hacia abajo ni a los lados por miedo a resbalar.

Quizá lo que os unió fue que lo vuestro fuera imposible. Tú siempre deseaste, y aún deseas, lo inalcanzable, ¿no es cierto? Quizá precisamente porque no podía ser, fue. Fue porque de aquella manera sentías más intensidad en el deseo, en el amor, en la seguridad misma de que la rutina y la costumbre nunca asesinarían aquel amor de verano. Desearla, amarla, fue un suicidio emocional, una adicción de vértigo a una rara y bella droga humana a la que tú te fuiste enganchando en pequeñas dosis y en viajes de diferente placer, pero de la que huiste porque sabías que podía ser letal.
Ojalá pudieras rebobinar la cinta y pulsar el play de nuevo. Rehacer la jugada. No recuerdas gran cosa de ti entonces, de cómo eran tus dudas, tus deseos, tus miedos, antes de meterlos en esa caja fuerte cuya combinación aún sigue en el olvido. Representa un gran esfuerzo recordar los detalles de ese dolor, sólo te queda el eco del sufrimiento, las huellas que ha dejado en ti.

Durante años desechaste su imagen con todas tus fuerzas, pero volvía. Te repugnaba como una villanía, como la peor de las bajezas, aquella predilección con la que tus sentidos se recreaban en el recuerdo de la tibieza de su piel apenas les daba rienda suelta. Te acometían un remordimiento punzante, un asco de ti mismo, un tormento tan incomparable de tener que despreciarte que no tuviste otra solución que el olvido. Te entregaste al olvido con una pasión poderosa, de las que avasallan, y lo acogiste con más placer que a una amante. Quizá, si no te hubiera llegado esa carta, nunca habrías admitido lo que sucedió.

Tú creías que tus caricias la tranquilizaban, que la relajaban, que conseguían que durmiera sin pesadillas, sin fantasmas de fiebre ni insomnio. Pero la carta revienta de angustia y de cólera, de indignación y amargura. Folios y folios de escritura enrevesada y de palabras cargadas de veneno, tal es el reconcomio que contienen, el ácido corrosivo que desbordan entre líneas. Una carta que te fuerza a admitir que entre ella y tú existía una palabra prohibida, proscrita, impronunciable, como todo lo que tuviera la menor relación con ella. Esa palabra que os ha separado tantos años. Sexo.



[Texto de Lucía Etxebarría, para la columna "Simpatía por el débil", de Magazine]

martes, 2 de junio de 2009

Fin.

- ¿Y si las cosas hubieran sido de otra manera?
¿Y si no hubieras cambiado de instituto? ¿Si no hubieras aprendido a odiar aquí?
¿Y si te hubieras ido fuera a estudiar? ¿Si no me hubieras conocido? Si no te hubiera conocido...
Entonces, ¿qué? ¿Qué sería de tu vida? ¿Qué habría sido de la mía?
¿Crees acaso que habría conseguido fuerzas para seguir?

- Claro que sí. Tú tienes fuerza de sobra. Vas al gimnasio...

- Marta, que te estoy hablando en serio. ¿Qué habría sido de mí sin ti? ¿Sin que tú estuvieras siempre ahí?

- Dani, la fuerza no te la he dado yo. Las ganas de vivir salen de dentro de uno mismo. Yo sólo te ayudé a encontrar dónde las habías escondido cuando a ti ya no te apetecía buscar más.

- No, tú no lo entiendes...

- No, Dani, no. Eres tú quien ha perdido el norte. Vivir nunca ha sido lo mismo que sobrevivir. Sobrevivir es pasar por la vida como intentas pasar tú, sin pena ni gloria, esquivando todo lo que te parezca una razón para hacerla mejor, para hacer que todo esto merezca la pena... VIVIR es guardar una experiencia detrás de otra, pasar por las vidas de los demás, ir por ahí dejando huellas. Si los hombres no estuviéramos hechos para ser sociables, nunca habríamos aprendido a hablar. Y tú no haces más que esconderte en esa burbuja en la que no dejas meterse a nadie más. No soy yo la que se aleja de ti. Eres tú el que nunca me ha dejado acercarme.

- ¡Eso es m...!

- Cállate. Llevo demasiado tiempo escuchándote despreciar lo que otros desean más que nada en este mundo. ¿Crees que tienes mala suerte? ¿Que eres desgraciado? ¡Mira a tu alrededor! Hay gente que muere de hambre, de sida, de cáncer, hepatitis, esclerosis múltiple, malaria, meningitis... y muchísimas enfermedades más de las que tú ni siquiera sabes el nombre. ¿Cómo es posible que no te remuerda la conciencia ni una gota por no disfrutar del mayor privilegio del mundo?

- Ya, pero a mí...

- Ya ya ya, sí sí. Claro. Que esos no son tus problemas. Que son los problemas de otros, que son TUS problemas los que te afectan a ti... ¿Cuántas veces habré oído eso? Probablemente las mismas que te he dicho que dejes de mirarte el puto ombligo y de quejarte por algo por lo que no merece la pena ni un dolor de cabeza. ¿Que no tienes razones para vivir? Padres, abuelos, amigos, y mil personas que te conocen y sufrirían si no estuvieras aquí. Joder, ¡yo! Si no te vale nada de eso, busca algo que te guste. Que de verdad te entretenga, que te haga feliz. Pero no te quedes ahí, mirando la vida pasar, sin hacer nada.

- ...

- Ya. Que no tienes nada que decir. Pues me voy, que no me gusta malgastar el tiempo con alguien que piensa que lo está perdiendo conmigo.





Can't you see that I'm sick of this?

Staind - Please

lunes, 1 de junio de 2009

Me miras.

Te sonrío.

Cruzas de acera.
Y yo te sigo.

No dejas de andar en círculos.
Y yo no dejo de reír a tus espaldas.
Y me siento, en un banco cualquiera, lleno de pintadas, a esperar a que vuelvas a pasar por ahí. A esperar a que dejes de huir de ti mismo, a que te atrevas a venir de frente y dejes de dar rodeos.

Hace frío. Empieza a nevar. Octava vuelta a la manzana. Te paras delante.
Te sonrío.
Te acercas.
Mi sonrisa se ensancha.
Tu boca a un centímetro de mi oreja.
Te oigo respirar.
Y me das un beso en el cuello, rozándome el lóbulo con la comisura de tu boca, y mi cuerpo se parte en mil pedazos como un castillo de arena al llegar un vendaval.
Y te doy la mano, y mi cuerpo tiembla recordando mil caricias, besos, mordiscos, orgasmos.
Tú te ríes entre dientes, me conoces, sabes qué hay en mi cabeza.
Yo empiezo a correr por la arena, con la prisa de quien sabe a dónde va, con las ganas de quien sabe qué le espera.
Tú me gritas un "espérame" que suena a "tequiero" desesperado, y corres, corres incluso con más ganas que yo.
Y llegamos al agua, helada. Pero el agua con compañía siempre está mucho menos fría.
Y flotamos. Flotamos en mares de lujuria y oleadas de placer.



Someday love will find me in the rough,
someday love will finally be enough...

Anna Nalick - In the rough




¿Se puede hablar de sexo sin saber qué es el amor?